jueves, 12 de julio de 2018

El piropo como herramienta sexista por excelencia


Cuando el abuso se disfraza de halago

No puedo creer que tenga que explicar esto, pero resulta que hay demasiadas personas que no son capaces de hacerse a la idea de que invadir el espacio personal de una mujer es un hábito terrible que debe ser detenido más rápido que el alcoholismo.

Así que empecemos con lo básico. Sólo el hombre que lo emite disfruta del piropo. Es difícil aceptar esta idea porque la lógica dictaría que cualquiera se siente bien recibiendo un halago, pero la realidad es más complicada porque el contexto debe ser tenido en cuenta: desde que tenemos memoria, a las mujeres se nos taladra la cabeza con la idea de que los hombres nos quieren, que quieren nuestro cuerpo, y que no pueden controlar sus deseos, que no pueden evitarlo, que es su naturaleza y que es NUESTRO el deber de protegernos de sus avances e intentos. Gracias a una mala experiencia tras otra, esta idea es reforzada cuando experimentamos avances incómodos y/o irrespetuosos por parte de compañeros de clase, de trabajo, desconocidos, e incluso de amigos. Demasiado pronto aprendemos que algunos hombres simplemente no toman un “no” por respuesta. 

“Una mujer es violada cada media hora en nuestro país, aunque las cifras no oficiales apuntan a 16 mujeres por hora.”

¿Qué tan frecuentemente? Por las historias que escuchamos de los medios, y peor, de nuestras amigas, parece que sucede muy seguido. Así que inevitablemente empezamos a hacer cálculos, ¿qué porcentaje de hombres son violadores? ¿1 de cada 10? ¿1 de cada 100? ¿1 de cada 1.000? Cualquiera que sea el porcentaje, hay una sensación constante de que en algún momento nos ganaremos el premio mayor de la única lotería que nadie quiere ganarse, cada “piropo” dispara una alarma dentro de nosotras. En promedio las mujeres son piropeadas 20 veces al día. Esos son muchos tiquetes de lotería. Puede parecer increíblemente paranoico, pero la realidad es que las cifras oficiales de abuso sexual en nuestro país apuntan a que una mujer es violada cada media hora (2 por hora). Los números no oficiales sugieren que se trata de 16 mujeres por hora. Piensen en esos números por un momento y reconsideren su percepción de histeria femenina. 


Es un asunto simple de consentimiento. Esto explica por qué no es equivalente la comparación de un hombre que es piropeado por una mujer, porque ninguna alarma se encenderá en la mente del hombre, porque claro que hay excepciones y mujeres capaces de subyugar y abusar de un hombre, pero en el 95% de los casos, el sujeto instintivamente sabe que sólo pasará lo que él quiera y permita. También explica la razón por la que las mujeres respondemos más positivamente a piropos de parte de hombres atractivos (con muchas excepciones), una queja frecuente de quienes no entienden por qué el acoso callejero es un tema serio; es apenas lógico sentirse halagado por ser atractivo para alguien que nos resulta atractivo a nosotros, como lo debe ser en el caso de los hombres que notan que una mujer les echa el ojo, pero la realidad de nuestro contexto hace que no sea el mismo caso si la situación es inversa. Recibir atención de alguien que ni siquiera hemos notado, o que nos parece desagradable, enciende alarmas porque no sabemos qué va a pasar en un escenario hipotético, cuando digamos que no. Sólo si usted comprende lo serio que es atravesar un escenario de abuso, podrá entender por qué un escenario hipotético que tiene una posibilidad mínima de realizarse es suficiente para acojonar hasta a la mujer más recia. Puede parecer injusto con las personas menos agraciadas, y quizás lo es, sin duda los hombres atractivos también pueden ser violadores, pero las mujeres tenemos razones para temer la atención que es realmente indeseada. 

“Se trata de un problema de ego masculino tóxico que no admite que sus emociones y necesidades no sean el foco de atención.”

La mayoría de nosotras hemos sufrido situaciones en las que el “piropo” ha pasado a otras escalas, y hemos sido seguidas, o tocadas, o hemos visto penes o gestos obscenos y explícitos, sin mencionar las ocasiones en las que el piropo no va más allá, pero es descaradamente irrespetuoso y no hay forma de que sea visto como un halago. Yo he experimentado personalmente todas esas cosas, a veces en conjunto, y es notable porque soy una persona con una femineidad poco tradicional, que siempre tiene el cabello recogido, no usa maquillaje a menos que sea absolutamente obligatorio, con sobrepeso y que sale a la calle con las camisetas del novio, que le quedan muy grandes y esconden cualquier tipo de curva. Con esto NO quiero decir que creo que merezco más respeto que las mujeres que expresan su femineidad de forma más tradicional, sino resaltar cuán poco de esta problemática tiene que ver realmente con las actitudes de la mujer, o con alguna noción de la mujer que “incita” al inocente y excitable macho. 


Es innegable que las mujeres tratamos de ser estéticamente agradables, y en un nivel abstracto nos agrada que esto sea reconocido, pero lo hacemos principalmente para agradar a nuestras parejas, amigos, familia, para impresionar a nuestros conocidos, y de igual modo es perfectamente razonable despertar interés en desconocidos en la calle. Sería incoherente no esperarlo cuando ponemos esfuerzo en vernos bien, pero el acoso comienza cuando el desconocido no se guarda su opinión y se adjudica el derecho de decirle a una persona que no conoce que le resulta atractiva sexualmente, sin consideración alguna de lo inquietante que este conocimiento puede resultar para el receptor. Así que no se trata de lo que la mujer haga sino mucho más de un problema grave de ego masculino, en el que sus necesidades y emociones deben ser el foco de atención, de que su deseo sexual no puede ser ignorado, sino que debe ser reconocido así sea en el nivel más básico por el objeto de su deseo, en fin, la idea misma de que la mujer no es más que el objeto de su deseo, y no un sujeto con necesidades emocionales propias (como el derecho a sentirse segura), que deben ser respetadas.

“Que los hombres hagan piropos aunque saben que incomoda a la mayoría de las mujeres, no habla bien de cómo enfrentan el rechazo.”

La más clara evidencia de esto es que la gran mayoría de hombres saben que los piropos incomodan a las mujeres. Pueden negarlo o mentirse a sí mismos, pero cualquier mujer les dirá que es muy poco probable ser piropeada por vendedores ambulantes o empleados de tiendas, porque saben que afectará sus posibilidades de vender; he visto vendedores referirse a una mujer con deferencia para ofrecerle un producto y cambiar de actitud en un segundo y decirle algo repugnante tan pronto notan que la venta no se va a concretar. Los hombres tampoco les dicen a sus jefas que le quieren morder el culo, aunque sueñen con eso todas las noches y se lo digan a sus amigos, y ninguno sería tan ingenuo como para pensar que una mujer desconocida se va a voltear en la calle y le va a dar un beso o su número de teléfono después de un piropo. 



El hecho de que los hombres sepan que no van a sacar nada de ello y que las mujeres no lo disfrutan, y aún decidan hacerlo justificados en la esperanza absurda de sacar alguna recompensa es alarmante, pero el hecho de que muchos claramente sientan emoción respecto a incomodar a las mujeres es simplemente escalofriante, y más que razón suficiente para sentir temor y desconfianza por cualquiera que lo haga, ya que, claramente, no son muy buenos tomando en cuenta la opinión de las mujeres. No saben aceptar el rechazo como respuesta. Son tiquetes de lotería y no sabemos cuál va a ser el número ganador que va a llevarlo un poco más lejos y nos va a empujar a un callejón con un puñal o nos va a soplar escopolamina en la cara.

“Que una mujer no entienda las implicaciones de un piropo irrespetuoso por parte de un desconocido, y lo tome bien, no significa que el abuso no haya tenido lugar.”

Por cierto, que, si usted siente algún tipo de satisfacción por hacer sentir incómodas a las mujeres, por favor haga algo de introspección, preferiblemente de la mano de un psicólogo o psiquiatra o de su guía religioso de preferencia.

Por último, pero no menos importante, hablemos de las mujeres que sí disfrutan los piropos. Tengo dos cosas que decir respecto a por qué, aunque esta criatura mitológica sí existe, no es una buena idea piropear todo trapero con falda que pase por delante.


  1. Me atrevería a decir que al menos la mitad de las mujeres no disfrutan los piropos, y creo que es una cifra cautelosa, porque en realidad creo que somos la gran mayoría las que no lo encontramos chistosito. Y usted no sabe cuál de las mujeres en la estación del autobús es uno de los unicornios, así que, por favor, no nos someta a todas las demás a una situación que puede ser incómoda cuando menos y aterradora en muchos casos. Aún en el mejor de los escenarios, usted no recibirá un beso ni una cita, no vale la pena dar una pésima impresión a decenas o cientos de nosotras sólo por recibir una sonrisa. Ante la duda, considere cómo se sentiría si cada novia que tuviera tratara de meterle un juguete sexual por el ano, sin preguntar antes, bajo la premisa de que hay muchos hombres a los que realmente les gusta que sus mujeres hagan eso, y bueno, cómo podría ella saber que precisamente usted lo iba a tomar tan mal.
  2. Esta es más cruda y directa. Conozco a alguien a quien un chico de 16 años le mostró su pene en varias ocasiones cuando tenía 5 años. El abuso nunca fue más allá, y fue literalmente el primer pene que vio así que por varios años creyó que era un animalito que salía de la cremallera del tipo; el trauma vino muchos años después cuando creció lo suficiente para caer en cuenta de lo que le había sucedido. Que esta persona no sufriera una experiencia traumática no significa que no haya sido abusada por un pedófilo, y que haya mujeres que no entiendan las implicaciones de que los hombres les digan cosas inapropiadas en la calle y por esto puedan tomarlo como halagos, no significa que usted sea menos desagradable por sentir algún grado de placer al decirle a alguien que no conoce que despierta su deseo sexual, lo siento. Busque ayuda.


Así que, por el respeto que cualquier persona merece y que usted está cortando cuando intimida mujeres en la calle, y por amor propio y preservación de su dignidad y reputación, por favor no nos haga esto, por favor, no se haga esto a sí mismo. Reserve los halagos para las personas que conozca y que se sientan cómodas con usted. Mantenga los halagos completamente respetuosos y alejados de la esfera sexual siempre que no esté halagando a su pareja. Practique el auto control, no se comporte como un animal que no puede controlar sus impulsos, pero si le es inevitable decirle a una mujer desconocida que le parece agradable o hermosa, haga sólo eso, y aléjese de ella tan pronto lo haga, de forma que le sea claro que esa era su única intención y la interacción no va a extenderse ni volverse más íntima a menos que sea ella quien lo decida y se acerque a usted.

Y, en términos generales, sólo trate de no ser un imbécil, le prometo que no es tan difícil.

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