jueves, 12 de julio de 2018

El piropo como herramienta sexista por excelencia


Cuando el abuso se disfraza de halago

No puedo creer que tenga que explicar esto, pero resulta que hay demasiadas personas que no son capaces de hacerse a la idea de que invadir el espacio personal de una mujer es un hábito terrible que debe ser detenido más rápido que el alcoholismo.

Así que empecemos con lo básico. Sólo el hombre que lo emite disfruta del piropo. Es difícil aceptar esta idea porque la lógica dictaría que cualquiera se siente bien recibiendo un halago, pero la realidad es más complicada porque el contexto debe ser tenido en cuenta: desde que tenemos memoria, a las mujeres se nos taladra la cabeza con la idea de que los hombres nos quieren, que quieren nuestro cuerpo, y que no pueden controlar sus deseos, que no pueden evitarlo, que es su naturaleza y que es NUESTRO el deber de protegernos de sus avances e intentos. Gracias a una mala experiencia tras otra, esta idea es reforzada cuando experimentamos avances incómodos y/o irrespetuosos por parte de compañeros de clase, de trabajo, desconocidos, e incluso de amigos. Demasiado pronto aprendemos que algunos hombres simplemente no toman un “no” por respuesta. 

“Una mujer es violada cada media hora en nuestro país, aunque las cifras no oficiales apuntan a 16 mujeres por hora.”

¿Qué tan frecuentemente? Por las historias que escuchamos de los medios, y peor, de nuestras amigas, parece que sucede muy seguido. Así que inevitablemente empezamos a hacer cálculos, ¿qué porcentaje de hombres son violadores? ¿1 de cada 10? ¿1 de cada 100? ¿1 de cada 1.000? Cualquiera que sea el porcentaje, hay una sensación constante de que en algún momento nos ganaremos el premio mayor de la única lotería que nadie quiere ganarse, cada “piropo” dispara una alarma dentro de nosotras. En promedio las mujeres son piropeadas 20 veces al día. Esos son muchos tiquetes de lotería. Puede parecer increíblemente paranoico, pero la realidad es que las cifras oficiales de abuso sexual en nuestro país apuntan a que una mujer es violada cada media hora (2 por hora). Los números no oficiales sugieren que se trata de 16 mujeres por hora. Piensen en esos números por un momento y reconsideren su percepción de histeria femenina. 


Es un asunto simple de consentimiento. Esto explica por qué no es equivalente la comparación de un hombre que es piropeado por una mujer, porque ninguna alarma se encenderá en la mente del hombre, porque claro que hay excepciones y mujeres capaces de subyugar y abusar de un hombre, pero en el 95% de los casos, el sujeto instintivamente sabe que sólo pasará lo que él quiera y permita. También explica la razón por la que las mujeres respondemos más positivamente a piropos de parte de hombres atractivos (con muchas excepciones), una queja frecuente de quienes no entienden por qué el acoso callejero es un tema serio; es apenas lógico sentirse halagado por ser atractivo para alguien que nos resulta atractivo a nosotros, como lo debe ser en el caso de los hombres que notan que una mujer les echa el ojo, pero la realidad de nuestro contexto hace que no sea el mismo caso si la situación es inversa. Recibir atención de alguien que ni siquiera hemos notado, o que nos parece desagradable, enciende alarmas porque no sabemos qué va a pasar en un escenario hipotético, cuando digamos que no. Sólo si usted comprende lo serio que es atravesar un escenario de abuso, podrá entender por qué un escenario hipotético que tiene una posibilidad mínima de realizarse es suficiente para acojonar hasta a la mujer más recia. Puede parecer injusto con las personas menos agraciadas, y quizás lo es, sin duda los hombres atractivos también pueden ser violadores, pero las mujeres tenemos razones para temer la atención que es realmente indeseada. 

“Se trata de un problema de ego masculino tóxico que no admite que sus emociones y necesidades no sean el foco de atención.”

La mayoría de nosotras hemos sufrido situaciones en las que el “piropo” ha pasado a otras escalas, y hemos sido seguidas, o tocadas, o hemos visto penes o gestos obscenos y explícitos, sin mencionar las ocasiones en las que el piropo no va más allá, pero es descaradamente irrespetuoso y no hay forma de que sea visto como un halago. Yo he experimentado personalmente todas esas cosas, a veces en conjunto, y es notable porque soy una persona con una femineidad poco tradicional, que siempre tiene el cabello recogido, no usa maquillaje a menos que sea absolutamente obligatorio, con sobrepeso y que sale a la calle con las camisetas del novio, que le quedan muy grandes y esconden cualquier tipo de curva. Con esto NO quiero decir que creo que merezco más respeto que las mujeres que expresan su femineidad de forma más tradicional, sino resaltar cuán poco de esta problemática tiene que ver realmente con las actitudes de la mujer, o con alguna noción de la mujer que “incita” al inocente y excitable macho. 


Es innegable que las mujeres tratamos de ser estéticamente agradables, y en un nivel abstracto nos agrada que esto sea reconocido, pero lo hacemos principalmente para agradar a nuestras parejas, amigos, familia, para impresionar a nuestros conocidos, y de igual modo es perfectamente razonable despertar interés en desconocidos en la calle. Sería incoherente no esperarlo cuando ponemos esfuerzo en vernos bien, pero el acoso comienza cuando el desconocido no se guarda su opinión y se adjudica el derecho de decirle a una persona que no conoce que le resulta atractiva sexualmente, sin consideración alguna de lo inquietante que este conocimiento puede resultar para el receptor. Así que no se trata de lo que la mujer haga sino mucho más de un problema grave de ego masculino, en el que sus necesidades y emociones deben ser el foco de atención, de que su deseo sexual no puede ser ignorado, sino que debe ser reconocido así sea en el nivel más básico por el objeto de su deseo, en fin, la idea misma de que la mujer no es más que el objeto de su deseo, y no un sujeto con necesidades emocionales propias (como el derecho a sentirse segura), que deben ser respetadas.

“Que los hombres hagan piropos aunque saben que incomoda a la mayoría de las mujeres, no habla bien de cómo enfrentan el rechazo.”

La más clara evidencia de esto es que la gran mayoría de hombres saben que los piropos incomodan a las mujeres. Pueden negarlo o mentirse a sí mismos, pero cualquier mujer les dirá que es muy poco probable ser piropeada por vendedores ambulantes o empleados de tiendas, porque saben que afectará sus posibilidades de vender; he visto vendedores referirse a una mujer con deferencia para ofrecerle un producto y cambiar de actitud en un segundo y decirle algo repugnante tan pronto notan que la venta no se va a concretar. Los hombres tampoco les dicen a sus jefas que le quieren morder el culo, aunque sueñen con eso todas las noches y se lo digan a sus amigos, y ninguno sería tan ingenuo como para pensar que una mujer desconocida se va a voltear en la calle y le va a dar un beso o su número de teléfono después de un piropo. 



El hecho de que los hombres sepan que no van a sacar nada de ello y que las mujeres no lo disfrutan, y aún decidan hacerlo justificados en la esperanza absurda de sacar alguna recompensa es alarmante, pero el hecho de que muchos claramente sientan emoción respecto a incomodar a las mujeres es simplemente escalofriante, y más que razón suficiente para sentir temor y desconfianza por cualquiera que lo haga, ya que, claramente, no son muy buenos tomando en cuenta la opinión de las mujeres. No saben aceptar el rechazo como respuesta. Son tiquetes de lotería y no sabemos cuál va a ser el número ganador que va a llevarlo un poco más lejos y nos va a empujar a un callejón con un puñal o nos va a soplar escopolamina en la cara.

“Que una mujer no entienda las implicaciones de un piropo irrespetuoso por parte de un desconocido, y lo tome bien, no significa que el abuso no haya tenido lugar.”

Por cierto, que, si usted siente algún tipo de satisfacción por hacer sentir incómodas a las mujeres, por favor haga algo de introspección, preferiblemente de la mano de un psicólogo o psiquiatra o de su guía religioso de preferencia.

Por último, pero no menos importante, hablemos de las mujeres que sí disfrutan los piropos. Tengo dos cosas que decir respecto a por qué, aunque esta criatura mitológica sí existe, no es una buena idea piropear todo trapero con falda que pase por delante.


  1. Me atrevería a decir que al menos la mitad de las mujeres no disfrutan los piropos, y creo que es una cifra cautelosa, porque en realidad creo que somos la gran mayoría las que no lo encontramos chistosito. Y usted no sabe cuál de las mujeres en la estación del autobús es uno de los unicornios, así que, por favor, no nos someta a todas las demás a una situación que puede ser incómoda cuando menos y aterradora en muchos casos. Aún en el mejor de los escenarios, usted no recibirá un beso ni una cita, no vale la pena dar una pésima impresión a decenas o cientos de nosotras sólo por recibir una sonrisa. Ante la duda, considere cómo se sentiría si cada novia que tuviera tratara de meterle un juguete sexual por el ano, sin preguntar antes, bajo la premisa de que hay muchos hombres a los que realmente les gusta que sus mujeres hagan eso, y bueno, cómo podría ella saber que precisamente usted lo iba a tomar tan mal.
  2. Esta es más cruda y directa. Conozco a alguien a quien un chico de 16 años le mostró su pene en varias ocasiones cuando tenía 5 años. El abuso nunca fue más allá, y fue literalmente el primer pene que vio así que por varios años creyó que era un animalito que salía de la cremallera del tipo; el trauma vino muchos años después cuando creció lo suficiente para caer en cuenta de lo que le había sucedido. Que esta persona no sufriera una experiencia traumática no significa que no haya sido abusada por un pedófilo, y que haya mujeres que no entiendan las implicaciones de que los hombres les digan cosas inapropiadas en la calle y por esto puedan tomarlo como halagos, no significa que usted sea menos desagradable por sentir algún grado de placer al decirle a alguien que no conoce que despierta su deseo sexual, lo siento. Busque ayuda.


Así que, por el respeto que cualquier persona merece y que usted está cortando cuando intimida mujeres en la calle, y por amor propio y preservación de su dignidad y reputación, por favor no nos haga esto, por favor, no se haga esto a sí mismo. Reserve los halagos para las personas que conozca y que se sientan cómodas con usted. Mantenga los halagos completamente respetuosos y alejados de la esfera sexual siempre que no esté halagando a su pareja. Practique el auto control, no se comporte como un animal que no puede controlar sus impulsos, pero si le es inevitable decirle a una mujer desconocida que le parece agradable o hermosa, haga sólo eso, y aléjese de ella tan pronto lo haga, de forma que le sea claro que esa era su única intención y la interacción no va a extenderse ni volverse más íntima a menos que sea ella quien lo decida y se acerque a usted.

Y, en términos generales, sólo trate de no ser un imbécil, le prometo que no es tan difícil.

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martes, 26 de junio de 2018

¿De verdad vale la pena perder amigos por la política?

¿Realmente hay diferencias irreconciliables?

Mucho ha sido dicho después de nuestra más reciente elección presidencial, que marca un punto de quiebre en la historia de nuestro país, con una izquierda política más fortalecida que nunca en torno a un candidato cuyas capacidades son cuestionables, presentando un frente unido en contra de la tradición nacional de poder y clientelismo, con una política de terror empañando su historia turbia de corrupción y violencia. A pequeña escala la contienda sacó lo peor de los ciudadanos de a pie y en las redes se evidenció que la violencia verbal, la calumnia y el prejuicio fueron los más grandes ganadores de estas elecciones, que la falta de pensamiento crítico en el colombiano promedio es alarmante, y que aún debemos recorrer un largo camino para ser el país pacífico que queremos ser.
A raíz de eso he visto incontables llamados al respeto y la calma por parte de ciudadanos interesados, políticos, e incluso el gobierno nacional, tratando de instar a un debate sano y respetuoso, lejos de ataques personales. Y aunque estoy totalmente de acuerdo con este movimiento, he visto con frecuencia alarmante una linea de pensamiento en esta tendencia con la que simplemente no puedo estar de acuerdo: La idea de que las amistades o relaciones interpersonales deberían existir en una esfera independiente a la posición política de los involucrados.

Lo siento, pero, ¿soy la única que piensa que es la idea más ridícula? La noción de que como individuos somos independientes de lo político demuestra una falta de comprensión acerca de cómo es precisamente la política la que da forma a la vida que llevamos; es el tipo de creencia que lleva a la gente a creer que puede vivir sin interesarse por la política, a no educarse respecto a la forma como funciona, y participar en el ejercicio democrático sólo por un par de meses cada 4 años cuando debemos escoger un presidente nuevo y después sólo olvidar seguir la carrera y el cumplimiento de los compromisos de los gobernantes por el resto del tiempo, y concentrarse en el fútbol y en el drama de las celebridades mientras al país se lo llevan por delante.
Pero amigos míos, así NO es como funciona. Mientras ya vamos por nuestro 18vo capítulo consecutivo de House of Cards, hay políticos reales allá afuera haciendo leyes que gobiernan hasta el aspecto más pequeño de nuestra vida, desde cuánto es el salario mínimo, pasando por cuánto tenemos que pagar en impuestos por nuestro Netflix, qué cosas puede hacer su familia con su cadáver cuando ustedes mueran, hasta qué tipos de animales puedes tener de mascota y cuáles no.


Al vivir en sociedad debería ser claro para todos que participar en política y preocuparnos por ella no es sólo un derecho inalienable sino también una responsabilidad ciudadana, un deber que cumplir día a día, ya que no tenemos elección sino vivir atados por las consecuencias de la política desde el día que nacemos.
Siendo algo tan crucial, la participación y opinión política no es sólo una cuestión anecdótica, sino que una expresión de la forma como pensamos que la vida debe ser vivida, por nosotros y por los demás, una expresión de las morales por las que nos guiamos, ¿cómo se supone entonces que ignoremos las posiciones de los otros?
No tener problema con la posición política de alguien que nos amenaza es una seria disonancia cognitiva.

Lo último que intento decir es que debemos vivir en una guerra civil con cualquiera que se atreva a estar en desacuerdo con nosotros, pero una cierta cantidad de coherencia no le haría daño a nadie a la hora de elegir amigos y gente con la que compartir la vida. Sí, algunas diferencias son fáciles de sobrellevar y se puede llegar a compromisos, pero algunas simplemente no lo son, y me sorprende que algunas personas no puedan verlo, como dije antes sólo puedo atribuirlo a una falta de perspectiva, a una incapacidad para comprender lo cruciales que son las leyes en nuestras vidas, y así mismo, cuán peligrosas pueden ser potencialmente. Porque no todas las leyes son acerca de Netfflix y animales, las leyes afectan nuestras vidas al nivel más íntimo y delicado, y no todas las leyes son por definición “buenas”. La esclavitud era legal, después de todo, y aún hoy, en China, son los esposos quienes deciden acerca del cuerpo de la mujer; plot twist, ni siquiera estoy hablando del aborto (que, muy irónicamente, es más accesible que en nuestro país), sino acerca de cómo sólo la familia de la mujer puede autorizar que reciba una cesárea incluso en casos en los que es imposible el parto natural. Mujeres y bebés han muerto durante el parto al ser negada una cesárea muy necesaria. Así que no siento que sea exagerado pensar que la política y la forma como impacta nuestra vida es un tema demasiado importante para ser ignorado, y que es increíblemente incoherente ignorar la posición política de las personas en nuestra vida.
Por supuesto que todos pueden rodearse de quien quieran, pero me niego a conformarme a la idea de que soy grosera o inmadura o estoy mal de algún modo por no poder separar completamente a las personas de su posición política. En mi opinión, alguien que sea capaz de mantener una amistad cercana con alguien cuya posición política amenaza de alguna forma su integridad o identidad, quizás no comprende el poder de la política, o quizás tan sólo necesita ayuda psicológica con lo que claramente es una disonancia cognitiva. Yo muy respetuosamente me reservo el derecho de admisión a mi vida ante cualquiera cuya posición política me amenace, o amenace a las víctimas, los oprimidos y los vulnerables, y no me voy a sentir mal al respecto.

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jueves, 21 de junio de 2018

4 Lecciones en 1 año de vivir en pareja



Mi novio y yo ya tenemos más de 4 años de relación, pero apenas cumplimos un año viviendo juntos en un apartamento que se convirtió en nuestro primer hogar.  Creo que es una buena señal que sólo después de 1/4 del tiempo que llevamos juntos, me siento tan cómoda viviendo con él que casi no puedo recordar lo que se sentía vivir sola, pero la indiscutible placidez que ambos experimentamos frente a nuestra situación, no es una señal de que este tiempo ha sido un pacífico paseo en bote a través de un lago en calma en una tarde de verano. Eso era lo que yo esperaba cuando nos mudamos juntos después de tres años de relación, pero no podría haber estado más equivocada. Este ha sido en realidad por mucho el año más arduo de nuestras vidas, y aunque no todo lo que ha pasado se relaciona directamente con nuestro nuevo estatus marital, todo ha sido mejorado o empeorado gracias a que al final del día, sin importar lo que haya sucedido, acabamos los dos en la misma habitación.

Este paseo que ha sido más como una montaña rusa en clima de huracán, no ha traído al lugar en el que estamos, pero no sin dejarnos varias lecciones que comparto con ustedes con la esperanza de que estén más preparados que nosotros cuando se embarquen en esta aventura y con suerte se ahorren el sentimiento de decepción cuando las cosas no sean exactamente el cuento de hadas que imaginan.

1. Nunca conoces a tu pareja lo suficiente. Nunca. Lo siento. No importa cuánto tiempo lleven juntos, o cuantos viajes y vacaciones hayan tomado juntos, aún te sorprenderás por cosas que descubrirás semanas, o incluso meses después de que se muden juntos. No significa que su relación no haya sido buena o íntima para empezar, pero la realidad es que todos tratamos de ser la mejor versión de nosotros mismos para las personas que amamos, pero cuando nuestra privacidad se ve disminuida drásticamente, inevitablemente acabaremos por dejar ver nuestros lados menos halagadores, o esos más vulnerables o ver que esperamos no tener que compartir nunca con nadie. Creer que nada te sorprenderá, en realidad demuestra la incapacidad de entender lo diferente que será su vida cuando vivan juntos. Tu pareja hará cosas que nunca le has visto hacer, porque sólo las hará en un muy específico contexto que sólo se dará cuando vivan juntos. Compartir casa los convertirá a ambos en personas ligera o drásticamente diferentes, así que cuanto se conozcan de ante mano es casi un asunto que sobra porque cuando comiencen a vivir bajo el mismo techo las sorpresas llegarán una detrás de otra.



2. Por la misma línea, todo el mundo apesta. No son sólo reacciones emocionales las que te tomarán por sorpresa, sino también la forma como el cuerpo de tu pareja funciona. Cuanto más tiempo lleves en una relación más oportunidades habrás tenido de oler un pedo, pero seguramente has tenido la suerte que tiene la mayoría en no haber presenciado las peores cosas de las que tu pareja es capaz. Pero cuando uno de los dos se enferme de verdad (y quiero decir DE VERDAD), o necesite una cirugía, o tenga un accidente loco, y sólo se tengan el uno al otro, todo sentido de modestia sale por la ventana y deberás ver, oler o dios no lo permita, entrar en contacto con los aspectos más asquerosos e inquietantes de la condición humana. O peor, serás tú quien esté tan enfermo que olvide cualquier sentido de pudor, sólo para preguntarte después si tu pareja será capaz de mirarte del mismo modo después de lo que le haz hecho presenciar. Son situaciones terribles para ambas partes, pero es la naturaleza de compartir la vida con alguien, y nadie está preparado para vivir en pareja si no tiene estómago para aguantar algo de mierda.

3. Se van a enloquecer mutuamente. No importa cuán buena sea su relación o cuán bien lleven las sorpresas y los quebrantos de salud, en algunos momentos no van a soportar verse el uno al otro. Los pequeños malos hábitos ya conocidos se van a sentir insoportables de pronto, y cosas que les causaban ternura o gracia del otro pueden volverse bastante irritantes. No desesperen, siempre que puedan recordar las razones por las que vale la pena estar juntos y aprendan a darse espacios para descansar del otro y crecer como personas autónomas de la relación, volverse locos de vez en cuando no será el fin del mundo.

4. Puede ser la mejor decisión que hayas tomado en tu vida. Cuando todo está dicho y hecho, nada se acerca a la sensación de volver a casa después de un largo día y encontrar allí a tu persona favorita en todo el mundo. La familia que la vida nos dio es responsable de habernos traído hasta donde estamos, y ser la persona que somos, como quiera que eso sea, pero compartir tu vida con otra persona es decidir reconstruirse y crear algo más a su lado. El amor de tu vida te cuidará en cama con la devoción de un padre, te escuchará como el más íntimo confidente, peleará contigo como un hermano y te enloquecerá como un niño pequeño, pero sobre todo, te hará sentir cada día que no hay ningún otro lugar en el que prefieras estar sino a su lado.


jueves, 22 de marzo de 2018

Algunas personas son Corea del Norte



Mi mamá, Dios la bendiga, vive con la siempre presente preocupación de que el hombre y yo no nos hemos casado y el lugar de ello hemos elegido "vivir en pecado".

Por mucho tiempo me sentí bastante ofendida por eso, siendo honesta. Estaba convencida de que ante sus ojos, no importaba lo ejemplar que nuestra relación pudiera llegar a ser, nunca iba a dejar de verla como algo inapropiado, y estaba convencida de que eso hablaba de la idea que tenía respecto a nosotros como personas.

Hace un tiempo, finalmente decidí confrontarla al respecto, y tratar dentro de lo posible de hallarle sentido a algo que se me hacía tan absurdo como que la validez de nuestra relación dependiera no de todo lo que hemos atravesado juntos sino de una formalidad impuesta por agentes externos.

Cuando la confronté, mi mamá admitió finalmente, que vivía muy mortificada porque cuando los vecinos y todos a los que conocía se enteraban que me había marchado de la casa materna, todos se apresuraban a asumir con entusiasmo que me había casado, o estaba a punto de hacerlo, y a ella, decirles que no era así, le generaba una angustia indescriptible respecto a la opinión que esa gente pudiera tener de mí.

Por supuesto, escuchar eso me tranquilizó bastante, en cuanto me permitió darme cuenta de que a ella realmente no le importaba (tanto), y que su principal preocupación era que otras personas pudieran pensar mal de mí, que no lo merezco. No me demoré en decirle que lo que otros pensaran me tenía por completo sin cuidado.

—Pero Roxana —protestó ella—, uno no puede vivir la vida sin tener en cuenta lo que los demás piensen, ningún hombre es una isla.

Eso me cogió un poco desprevenida porque yo siempre he sido creyente ferviente en esa filosofía, en la idea de que debemos ser en cuidadosos de la forma como nuestras acciones pueden afectar a otros o representarnos, porque el mundo es un pañuelo, y llegará el día en el que descubramos que nuestras acciones nos han cerrado puertas antes incluso de que llamáramos a ellas.

Pero, después de cuidadosa consideración, llegué a la conclusión de que como todo en la vida, el éxito está en el equilibrio. Es cierto que ningún hombre es una isla, que vivimos en inquebrantable relación con los demás miembros de la sociedad y por eso debemos cuidar nuestras acciones, pero también es cierto que hasta los países que son vecinos geográficos tienen fronteras demarcadas y que la más importante derecho internacional es a la soberanía.

El secreto es decidir con qué países hacemos tratados y políticas comunes, y a cuáles les cerramos por completo el acceso a nuestro suelo. El factor determinante debe ser qué aporta cada relación a nuestra vida.

Sólo por si hace falta aclararlo, no se trata sólo de bienestar financiero, o físico, aunque estos dos aspectos son también cruciales. También se trata de bienestar y crecimiento emocional. Significa que si alguien que amamos y que aporta bienestar a nuestra vida nos señala algo que le parece una falla de nuestro carácter o comportamiento, bien podemos considerar su apreciación con la consciencia de que la forma como nos desenvolvemos de algún u otro modo afecta nuestra relación con esa persona que nos edifica. Pero también significa que podemos prescindir de la opinión de personas que no sólo no aportan a nuestra vida sino que son personas con las que naturalmente no querríamos relacionarnos ni aunque lo necesitáramos, el equivalente a Corea del Norte.

Así que, de aquí en más, cada vez que reciba una crítica respecto a la forma como me manejo en cualquier ámbito, y principalmente cómo manejo mi vida, antes de dejar que la falta de auto confianza o el ego se apoderen de mis emociones, trataré de tomarme un momento largo para decidir si la crítica viene de un país hermano o de uno con el que no me interesa tener relaciones.

jueves, 15 de marzo de 2018

Productividad emocional




Me interesan mucho los artículos acerca del manejo de los negocios y los proyectos, y entre más los leo, más veo un consejo repetirse una y otra vez: una de las fórmulas mágicas para hacer que cualquier empresa en la que nos embarquemos multiplique su nivel de productividad de modo exponencial, es practicar el arte de DELEGAR.

En teoría tenemos una cantidad de energía y atención limitada, que debemos usar en un número limitado de horas en el día, y por ende, no debemos desperdiciarla en tratar de micro manejar cada aspecto de nuestro trabajo, sino enfocar toda la energía y tiempo de los que somos capaces, en aquellos aspectos más importantes y que más benefician al proyecto, y en aquellos que sólo nosotros podemos hacer con los mejores resultados; lo demás, que tiene impacto menos significativo, y consume tiempo valioso, podemos  encargarlo a otras personas. De esta forma estaremos disminuyendo notablemente la cantidad de tiempo que nos toma alcanzar resultados importantes, y magnificando el alcance de esos resultados.

Creo que es una idea fantástica, y una bastante sub utilizada, porque aunque los gurús del desarrollo personal no hagan sino promoverla, creo que no he escuchado a nadie incentivar a las personas a usarla no sólo en su vida profesional, sino en el ámbito en el que más poderosas transformaciones puede crear: el emocional.

Me di cuenta de eso este fin de semana, en el momento en el que decidí sentarme en mi cama por un momento, para tratar de subjugar la frustración y el agobiamiento que sentía y me di cuenta de que si algo no cambiaba, se me iba a correr una teja.

La semana pasada mi vida y mi estado emocional sufrieron una alteración importante. Mi mamá tuvo repentinamente un problema muy serio que la ha dejado vulnerable y necesitada de ayuda de casi todas las formas posibles.

Como todo hijo con un ápice de decencia haría, mi disposición cambió rápidamente a ofrecer toda la ayuda de la que fuera capaz.

Como toda persona incapaz de tomarse nada con calma, pronto extralimité mis atribuciones en el escenario.

No es para nada una sorpresa; creo que nadie es ajeno a lo difícil que es ver sufrir o enfrentar dificultades a aquellos que nos rodean y son amados e importantes para nosotros, pero incluso más importante, tengo una tendencia marcada a tratar de controlar todas las situaciones, lo que sólo alimenta mi ansiedad, y debido al carácter repentino y altamente caótico de la situación, fue imposible para mí abordarla con toda la inteligencia emocional de la que podría ser capaz en otros momentos, así que demasiado pronto me encontré sintiendo que todo tener que lidiar con el problema sobrepasaba mi capacidad para manejarlo.



Mientras la ayuda tangible que le estaba proporcionando no era una carga que me perjudicaba de forma alguna, al menos no de forma significativa, la inversión emocional que estaba haciendo en el asunto, por otro lado, era un peso asfixiante. El peso emocional venía de la frustración porque esa ayuda que puedo ofrecer sólo consigue que el problema no se haga peor, pero nada que hiciera podía resolver realmente la situación ni tampoco lograr en ella un cambio emocional significativo respecto a la posición en la que se encuentra, y eso me estaba volviendo loca.

En algún momento de toda esta experiencia, había pasado de tratar de ayudar a alguien querido en su problema, a tomar el problema en mis propias manos y obsesionarme con ser quien lo solucionara. Nadie me puso ese peso encima, pero mi personalidad hizo que fuera sólo cuestión de tiempo para que sucediera, y gracias a eso mi malestar anímico no sólo estaba dañándome, sino que ahora además entorpecía mi deseo de ayudar a la persona que quería del modo más beneficioso posible, irónicamente.

Afortunadamente logré tener claridad para darme cuenta de que me en lugar de ser un apoyo, mi actitud estaba convirtiendo mi intervención en otro problema en sí mismo.
Es la menor de mis intenciones, así que traté de concentrarme en pensar cómo podía transformar toda esa generosa necesidad de ayudarla en algo que realmente fuera beneficioso para ella, y recordé que hace años leí en algún sitio una idea que me marcó mucho, y que he tratado de aplicar cada vez más, aunque con frecuencia lo olvido: No puedes llenar la taza de otro de una taza vacía.

Significa, en su nivel más básico, que no puedes amar de buen modo a otros si no te amas a ti mismo primero, y que no puedes cuidar de otros si no cuidas primero de ti mismo. En ese sentido, si tengo alguna esperanza y el deseo ferviente de ayudarle del mejor modo, mantener mi bienestar mientras le ayudo debe ser mi prioridad. 

Tiene sentido, aunque suene contradictorio. Estar tan intranquila que no puedo trabajar no me permitirá ayudarle si necesita ayuda financiera, estar tan afectada que caiga en una depresión no me hará posible ayudarle a salir a ella de una crisis emocional. Es la razón por la que los bomberos y rescatistas deben mantener la calma.

Ahora entiendo por qué no se supone que los médicos atiendan a sus familiares, mantener la distancia que nos permita actuar con la cabeza fría es una labor titánica, pero en definitiva la más indispensable a la hora de asistir a alguien.



Así que mi nuevo propósito es respirar hondo y hacerme un mantra que me recuerde que cada quien debe llevar sus cargas. Debo estar en paz con el limitado alcance de la ayuda que estoy en capacidad de proveer, porque no es mi deber resolver su situación, ni física ni emocional, y no debo sentirme culpable si no estoy en capacidad de hacerlo.

Es increíblemente doloroso ver a alguien que queremos caminar por sobre los carbones encendidos, y es fácil tratar de evitarles ese dolor, pero yo recuerdo lo que se siente andar sobre el fuego, y aunque en ocasiones llegué a creer que me moriría, la prueba era inevitable porque cada situación que enfrentamos en la vida es una a la que nos llevaron todas nuestras decisiones, buenas o malas, y había lecciones importantes que debía aprender con ello, haber atravesado el fuego me hizo quien soy ahora y me ha dado una vida mejor, y ahora creo que quizás lo mejor que podemos hacer por alguien que queremos es no apersonarnos de sus problemas y su crecimiento personal, delegarles a ellos esa función y no tratar de evitarles una experiencia que aunque sea terrible, puede ser lo mejor que les haya pasado.


martes, 6 de marzo de 2018

Al fin leí: Great Expectations de Charles Dickens


A la fecha, Charles Dickens continúa siendo uno de los más representativos y notables escritores en la historia del habla inglesa. Increíblemente prolífico, y y con un sentido humano sorprendente para su época, fue capaz de representar su época de modo fiel y sin embargo convertir su trabajo en obras clásicas que son relevantes a pesar de la época en la que alguien tome la decisión de tenerle entre las manos.

En Grandes Esperanzas (siempre pensé que una mejor traducción sería Grandes Aspiraciones), Dickens retrata de modo fascinante las inquietudes, incomodidades e inconformidades de la infancia a las que no somos capaces de ponerles nombre, y la forma cómo nos moldean en nuestra juventud y adultez. A lo largo de la obra, el autor nos presenta un personaje principal afectado por las vicisitudes de su contexto, con un realismo doloroso plasma las ansias de grandeza que le llevan a rebajarse en las expresiones menos halagadoras de su personalidad, un personaje capaz de sentir rechazo y hasta repulsión por aquellos que le aman más por considerarles inferiores e inmerecederos de su conmiseración, pero también un personaje con una sorprendente capacidad de ser generoso y noble en los momentos más inesperados, y uno que vemos transformarse de a poco cuando la vida le enseña, tal y como a cada uno de nosotros, que hay cosas mucho más importantes que la apariencia y las riquezas.


Es esta capacidad del personaje de encarnar por momentos actitudes profundamente reprochables pero al mismo tiempo unas ansias con las que nos podemos identificar, lo que convierte el libro en un clásico, demostrando que el contexto es menos relevante, que la naturaleza del hombre es siempre la misma, y que más de un siglo después podemos cometer los mismos errores que cometían nuestros antepasados, haciendo entonces de la historia de Pip, una historia admonitoria acerca de lo cerca que podemos estar todos de perdernos en la persecución de un destello brillante cuando la vida y todo lo que necesitamos para vivirla está ya al alcance de nuestras manos.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Entre los sueños y la felicidad.


 En una interesante coincidencia, no conozco ninguna madre adolescente. La única de mis amigas que tiene un bebé, lo tuvo a los 25 años, las demás nos estamos quedando.

Así que siempre pensé en el fenómeno como algo muy removido de mi realidad y de los círculos en los que me muevo. Como una tragedia que arruina la vida de las mujeres, y trunca sus sueños y su vida para siempre.

Fue un poco un shock para mí la vez que hace más o menos cuatro años conocí una chica de menos de 20 que me dijo que tenía una hija de 5 años.

—Oh —dije. En retrospectiva me doy vergüenza a mí misma porque sé que tuve que haber hecho cara de funeral cuando escuché eso—. Eras muy joven cuando la tuviste, entonces...

—Sí, pero no es lo que piensas —se apresuró a decir ella—. No me embaracé por accidente. Mi novio y yo decidimos tener un bebé.







What.







No me acuerdo de qué cara hice pero estoy segura de que tuvo que ser una de estupefacción impresionante. Viendo la maternidad temprana como una tragedia de tal calibre, me era imposible entender que alguien pudiera someterse a aquello de modo voluntario.

Y sin embargo así parecía.



Cuando pregunté (incapaz de controlar mi curiosidad) por qué, me respondió que siempre había querido tener un hijo y que le parecía que tenía sentido dedicarse de lleno a cuidar a su bebé cuando ella misma era muy joven para dedicarse a muchas otras cosas, y que le alegraba poder enfocarse en sus estudios superiores y su crecimiento profesional ahora que su hija era mayor y no dependía tan enteramente de ella, que no quería esperar a haber realizado todos sus sueños antes de poder tener un hijo porque temía que el momento podría no llegar nunca, y que prefería compartir todos sus éxitos con una hija que cada vez sería mayor y más capaz de apreciarlos y disfrutarlos con ella.

Estoy segura de que mi cara de incomprensión no cambió mucho con esa declaración. 

Un rato después le pregunté quién cuidaba a su hija. Estábamos en una fiesta y ella estaba con su novio, el papá de la criatura.

—No, no tenemos que irnos, es que ahora mismo no podemos tener a la niña con nosotros por nuestros horarios de trabajo y universidad, entonces vive con mis papás.

Había algo en la forma en la que lo dijo que me hizo entender que a diferencia de haber sido madre a los 15 años, esto era algo que resentía profundamente, algo que no encajaba dentro de la forma como había planeado las cosas cuando pensó que estaba tomando la decisión adecuada.

Me avergüenza decir que en el momento, verla contrariada de ese modo me hizo sentir un poco de engreída satisfacción; por supuesto, una idea que contrariaba todo lo que yo creía debía ser una idea equivocada.



Han pasado ya varios años y tengo la bendición de haber aprendido al fin durante ellos que no hay un sólo camino correcto, y haber aprendido a sacar a mi ego a patadas para darle un poco más de espacio a la empatía y la compasión.

Nunca volví a ver a esa chica, la conversación la tuve en una fiesta a la que me llevó un tipo en la que se convirtió en la peor cita que he tenido en mi vida, así que por supuesto no volví a frecuentar a nadie que conocí en esa ocasión, pero durante todo este tiempo he pensado con variable frecuencia en esa conversación. Creo que no decidió tener un bebé, pero era demasiado pudorosa u orgullosa para admitirlo delante de una imprudente desconocida. O quizás realmente se decía aquello a sí misma para llevar mejor una realidad que no podía cambiar.


En los últimos meses, he estado obsesionada por trazarme un camino que sea claro y se dirija a una meta concreta, tener una vida con un propósito tangible de alcanzar cosas que quiero, que siento que me hacen falta para sentirme completa. Eso ha hecho que piense en esa conversación casi todos los días. Me pregunto, ultimadamente, qué sentido tiene tratar de definir la vida en términos deéxito, si se puede ser feliz cuando la vida se sale de los rieles. Quizás la única y verdadera medida para el éxito es la felicidad, y si la felicidad es una decisión como muchos dicen, entonces eso significa que está al alcance de la mano de todos, independientemente de las carencias.


Es una idea demasiado compleja para mí, porque no sé si quiero ser feliz en medio de la necesidad, no sé en qué momento eso se convierte en darse por vencido y acomodarse en la mediocridad. Quisiera pensar que la ambición e inconformidad son rasgos positivos, pero no sé en qué momento se convierten en una búsqueda por una felicidad que se vuelve abstracta e inalcanzable.

Supongo que como con todo en la vida, la felicidad debe encontrarse en el punto medio. Quizás de lo que se trata es de descubrir cómo luce el punto medio para cada uno. Decidir con qué cosas se puede vivir y ser feliz hasta el final de las consecuencias, y qué cosas no son negociables, y luchar por ellas hasta el fin de nuestras capacidades, y esperar lo mejor.

Siempre, siempre, esperar lo mejor.