jueves, 21 de junio de 2018

4 Lecciones en 1 año de vivir en pareja



Mi novio y yo ya tenemos más de 4 años de relación, pero apenas cumplimos un año viviendo juntos en un apartamento que se convirtió en nuestro primer hogar.  Creo que es una buena señal que sólo después de 1/4 del tiempo que llevamos juntos, me siento tan cómoda viviendo con él que casi no puedo recordar lo que se sentía vivir sola, pero la indiscutible placidez que ambos experimentamos frente a nuestra situación, no es una señal de que este tiempo ha sido un pacífico paseo en bote a través de un lago en calma en una tarde de verano. Eso era lo que yo esperaba cuando nos mudamos juntos después de tres años de relación, pero no podría haber estado más equivocada. Este ha sido en realidad por mucho el año más arduo de nuestras vidas, y aunque no todo lo que ha pasado se relaciona directamente con nuestro nuevo estatus marital, todo ha sido mejorado o empeorado gracias a que al final del día, sin importar lo que haya sucedido, acabamos los dos en la misma habitación.

Este paseo que ha sido más como una montaña rusa en clima de huracán, no ha traído al lugar en el que estamos, pero no sin dejarnos varias lecciones que comparto con ustedes con la esperanza de que estén más preparados que nosotros cuando se embarquen en esta aventura y con suerte se ahorren el sentimiento de decepción cuando las cosas no sean exactamente el cuento de hadas que imaginan.

1. Nunca conoces a tu pareja lo suficiente. Nunca. Lo siento. No importa cuánto tiempo lleven juntos, o cuantos viajes y vacaciones hayan tomado juntos, aún te sorprenderás por cosas que descubrirás semanas, o incluso meses después de que se muden juntos. No significa que su relación no haya sido buena o íntima para empezar, pero la realidad es que todos tratamos de ser la mejor versión de nosotros mismos para las personas que amamos, pero cuando nuestra privacidad se ve disminuida drásticamente, inevitablemente acabaremos por dejar ver nuestros lados menos halagadores, o esos más vulnerables o ver que esperamos no tener que compartir nunca con nadie. Creer que nada te sorprenderá, en realidad demuestra la incapacidad de entender lo diferente que será su vida cuando vivan juntos. Tu pareja hará cosas que nunca le has visto hacer, porque sólo las hará en un muy específico contexto que sólo se dará cuando vivan juntos. Compartir casa los convertirá a ambos en personas ligera o drásticamente diferentes, así que cuanto se conozcan de ante mano es casi un asunto que sobra porque cuando comiencen a vivir bajo el mismo techo las sorpresas llegarán una detrás de otra.



2. Por la misma línea, todo el mundo apesta. No son sólo reacciones emocionales las que te tomarán por sorpresa, sino también la forma como el cuerpo de tu pareja funciona. Cuanto más tiempo lleves en una relación más oportunidades habrás tenido de oler un pedo, pero seguramente has tenido la suerte que tiene la mayoría en no haber presenciado las peores cosas de las que tu pareja es capaz. Pero cuando uno de los dos se enferme de verdad (y quiero decir DE VERDAD), o necesite una cirugía, o tenga un accidente loco, y sólo se tengan el uno al otro, todo sentido de modestia sale por la ventana y deberás ver, oler o dios no lo permita, entrar en contacto con los aspectos más asquerosos e inquietantes de la condición humana. O peor, serás tú quien esté tan enfermo que olvide cualquier sentido de pudor, sólo para preguntarte después si tu pareja será capaz de mirarte del mismo modo después de lo que le haz hecho presenciar. Son situaciones terribles para ambas partes, pero es la naturaleza de compartir la vida con alguien, y nadie está preparado para vivir en pareja si no tiene estómago para aguantar algo de mierda.

3. Se van a enloquecer mutuamente. No importa cuán buena sea su relación o cuán bien lleven las sorpresas y los quebrantos de salud, en algunos momentos no van a soportar verse el uno al otro. Los pequeños malos hábitos ya conocidos se van a sentir insoportables de pronto, y cosas que les causaban ternura o gracia del otro pueden volverse bastante irritantes. No desesperen, siempre que puedan recordar las razones por las que vale la pena estar juntos y aprendan a darse espacios para descansar del otro y crecer como personas autónomas de la relación, volverse locos de vez en cuando no será el fin del mundo.

4. Puede ser la mejor decisión que hayas tomado en tu vida. Cuando todo está dicho y hecho, nada se acerca a la sensación de volver a casa después de un largo día y encontrar allí a tu persona favorita en todo el mundo. La familia que la vida nos dio es responsable de habernos traído hasta donde estamos, y ser la persona que somos, como quiera que eso sea, pero compartir tu vida con otra persona es decidir reconstruirse y crear algo más a su lado. El amor de tu vida te cuidará en cama con la devoción de un padre, te escuchará como el más íntimo confidente, peleará contigo como un hermano y te enloquecerá como un niño pequeño, pero sobre todo, te hará sentir cada día que no hay ningún otro lugar en el que prefieras estar sino a su lado.


jueves, 22 de marzo de 2018

Algunas personas son Corea del Norte



Mi mamá, Dios la bendiga, vive con la siempre presente preocupación de que el hombre y yo no nos hemos casado y el lugar de ello hemos elegido "vivir en pecado".

Por mucho tiempo me sentí bastante ofendida por eso, siendo honesta. Estaba convencida de que ante sus ojos, no importaba lo ejemplar que nuestra relación pudiera llegar a ser, nunca iba a dejar de verla como algo inapropiado, y estaba convencida de que eso hablaba de la idea que tenía respecto a nosotros como personas.

Hace un tiempo, finalmente decidí confrontarla al respecto, y tratar dentro de lo posible de hallarle sentido a algo que se me hacía tan absurdo como que la validez de nuestra relación dependiera no de todo lo que hemos atravesado juntos sino de una formalidad impuesta por agentes externos.

Cuando la confronté, mi mamá admitió finalmente, que vivía muy mortificada porque cuando los vecinos y todos a los que conocía se enteraban que me había marchado de la casa materna, todos se apresuraban a asumir con entusiasmo que me había casado, o estaba a punto de hacerlo, y a ella, decirles que no era así, le generaba una angustia indescriptible respecto a la opinión que esa gente pudiera tener de mí.

Por supuesto, escuchar eso me tranquilizó bastante, en cuanto me permitió darme cuenta de que a ella realmente no le importaba (tanto), y que su principal preocupación era que otras personas pudieran pensar mal de mí, que no lo merezco. No me demoré en decirle que lo que otros pensaran me tenía por completo sin cuidado.

—Pero Roxana —protestó ella—, uno no puede vivir la vida sin tener en cuenta lo que los demás piensen, ningún hombre es una isla.

Eso me cogió un poco desprevenida porque yo siempre he sido creyente ferviente en esa filosofía, en la idea de que debemos ser en cuidadosos de la forma como nuestras acciones pueden afectar a otros o representarnos, porque el mundo es un pañuelo, y llegará el día en el que descubramos que nuestras acciones nos han cerrado puertas antes incluso de que llamáramos a ellas.

Pero, después de cuidadosa consideración, llegué a la conclusión de que como todo en la vida, el éxito está en el equilibrio. Es cierto que ningún hombre es una isla, que vivimos en inquebrantable relación con los demás miembros de la sociedad y por eso debemos cuidar nuestras acciones, pero también es cierto que hasta los países que son vecinos geográficos tienen fronteras demarcadas y que la más importante derecho internacional es a la soberanía.

El secreto es decidir con qué países hacemos tratados y políticas comunes, y a cuáles les cerramos por completo el acceso a nuestro suelo. El factor determinante debe ser qué aporta cada relación a nuestra vida.

Sólo por si hace falta aclararlo, no se trata sólo de bienestar financiero, o físico, aunque estos dos aspectos son también cruciales. También se trata de bienestar y crecimiento emocional. Significa que si alguien que amamos y que aporta bienestar a nuestra vida nos señala algo que le parece una falla de nuestro carácter o comportamiento, bien podemos considerar su apreciación con la consciencia de que la forma como nos desenvolvemos de algún u otro modo afecta nuestra relación con esa persona que nos edifica. Pero también significa que podemos prescindir de la opinión de personas que no sólo no aportan a nuestra vida sino que son personas con las que naturalmente no querríamos relacionarnos ni aunque lo necesitáramos, el equivalente a Corea del Norte.

Así que, de aquí en más, cada vez que reciba una crítica respecto a la forma como me manejo en cualquier ámbito, y principalmente cómo manejo mi vida, antes de dejar que la falta de auto confianza o el ego se apoderen de mis emociones, trataré de tomarme un momento largo para decidir si la crítica viene de un país hermano o de uno con el que no me interesa tener relaciones.

jueves, 15 de marzo de 2018

Productividad emocional




Me interesan mucho los artículos acerca del manejo de los negocios y los proyectos, y entre más los leo, más veo un consejo repetirse una y otra vez: una de las fórmulas mágicas para hacer que cualquier empresa en la que nos embarquemos multiplique su nivel de productividad de modo exponencial, es practicar el arte de DELEGAR.

En teoría tenemos una cantidad de energía y atención limitada, que debemos usar en un número limitado de horas en el día, y por ende, no debemos desperdiciarla en tratar de micro manejar cada aspecto de nuestro trabajo, sino enfocar toda la energía y tiempo de los que somos capaces, en aquellos aspectos más importantes y que más benefician al proyecto, y en aquellos que sólo nosotros podemos hacer con los mejores resultados; lo demás, que tiene impacto menos significativo, y consume tiempo valioso, podemos  encargarlo a otras personas. De esta forma estaremos disminuyendo notablemente la cantidad de tiempo que nos toma alcanzar resultados importantes, y magnificando el alcance de esos resultados.

Creo que es una idea fantástica, y una bastante sub utilizada, porque aunque los gurús del desarrollo personal no hagan sino promoverla, creo que no he escuchado a nadie incentivar a las personas a usarla no sólo en su vida profesional, sino en el ámbito en el que más poderosas transformaciones puede crear: el emocional.

Me di cuenta de eso este fin de semana, en el momento en el que decidí sentarme en mi cama por un momento, para tratar de subjugar la frustración y el agobiamiento que sentía y me di cuenta de que si algo no cambiaba, se me iba a correr una teja.

La semana pasada mi vida y mi estado emocional sufrieron una alteración importante. Mi mamá tuvo repentinamente un problema muy serio que la ha dejado vulnerable y necesitada de ayuda de casi todas las formas posibles.

Como todo hijo con un ápice de decencia haría, mi disposición cambió rápidamente a ofrecer toda la ayuda de la que fuera capaz.

Como toda persona incapaz de tomarse nada con calma, pronto extralimité mis atribuciones en el escenario.

No es para nada una sorpresa; creo que nadie es ajeno a lo difícil que es ver sufrir o enfrentar dificultades a aquellos que nos rodean y son amados e importantes para nosotros, pero incluso más importante, tengo una tendencia marcada a tratar de controlar todas las situaciones, lo que sólo alimenta mi ansiedad, y debido al carácter repentino y altamente caótico de la situación, fue imposible para mí abordarla con toda la inteligencia emocional de la que podría ser capaz en otros momentos, así que demasiado pronto me encontré sintiendo que todo tener que lidiar con el problema sobrepasaba mi capacidad para manejarlo.



Mientras la ayuda tangible que le estaba proporcionando no era una carga que me perjudicaba de forma alguna, al menos no de forma significativa, la inversión emocional que estaba haciendo en el asunto, por otro lado, era un peso asfixiante. El peso emocional venía de la frustración porque esa ayuda que puedo ofrecer sólo consigue que el problema no se haga peor, pero nada que hiciera podía resolver realmente la situación ni tampoco lograr en ella un cambio emocional significativo respecto a la posición en la que se encuentra, y eso me estaba volviendo loca.

En algún momento de toda esta experiencia, había pasado de tratar de ayudar a alguien querido en su problema, a tomar el problema en mis propias manos y obsesionarme con ser quien lo solucionara. Nadie me puso ese peso encima, pero mi personalidad hizo que fuera sólo cuestión de tiempo para que sucediera, y gracias a eso mi malestar anímico no sólo estaba dañándome, sino que ahora además entorpecía mi deseo de ayudar a la persona que quería del modo más beneficioso posible, irónicamente.

Afortunadamente logré tener claridad para darme cuenta de que me en lugar de ser un apoyo, mi actitud estaba convirtiendo mi intervención en otro problema en sí mismo.
Es la menor de mis intenciones, así que traté de concentrarme en pensar cómo podía transformar toda esa generosa necesidad de ayudarla en algo que realmente fuera beneficioso para ella, y recordé que hace años leí en algún sitio una idea que me marcó mucho, y que he tratado de aplicar cada vez más, aunque con frecuencia lo olvido: No puedes llenar la taza de otro de una taza vacía.

Significa, en su nivel más básico, que no puedes amar de buen modo a otros si no te amas a ti mismo primero, y que no puedes cuidar de otros si no cuidas primero de ti mismo. En ese sentido, si tengo alguna esperanza y el deseo ferviente de ayudarle del mejor modo, mantener mi bienestar mientras le ayudo debe ser mi prioridad. 

Tiene sentido, aunque suene contradictorio. Estar tan intranquila que no puedo trabajar no me permitirá ayudarle si necesita ayuda financiera, estar tan afectada que caiga en una depresión no me hará posible ayudarle a salir a ella de una crisis emocional. Es la razón por la que los bomberos y rescatistas deben mantener la calma.

Ahora entiendo por qué no se supone que los médicos atiendan a sus familiares, mantener la distancia que nos permita actuar con la cabeza fría es una labor titánica, pero en definitiva la más indispensable a la hora de asistir a alguien.



Así que mi nuevo propósito es respirar hondo y hacerme un mantra que me recuerde que cada quien debe llevar sus cargas. Debo estar en paz con el limitado alcance de la ayuda que estoy en capacidad de proveer, porque no es mi deber resolver su situación, ni física ni emocional, y no debo sentirme culpable si no estoy en capacidad de hacerlo.

Es increíblemente doloroso ver a alguien que queremos caminar por sobre los carbones encendidos, y es fácil tratar de evitarles ese dolor, pero yo recuerdo lo que se siente andar sobre el fuego, y aunque en ocasiones llegué a creer que me moriría, la prueba era inevitable porque cada situación que enfrentamos en la vida es una a la que nos llevaron todas nuestras decisiones, buenas o malas, y había lecciones importantes que debía aprender con ello, haber atravesado el fuego me hizo quien soy ahora y me ha dado una vida mejor, y ahora creo que quizás lo mejor que podemos hacer por alguien que queremos es no apersonarnos de sus problemas y su crecimiento personal, delegarles a ellos esa función y no tratar de evitarles una experiencia que aunque sea terrible, puede ser lo mejor que les haya pasado.


martes, 6 de marzo de 2018

Al fin leí: Great Expectations de Charles Dickens


A la fecha, Charles Dickens continúa siendo uno de los más representativos y notables escritores en la historia del habla inglesa. Increíblemente prolífico, y y con un sentido humano sorprendente para su época, fue capaz de representar su época de modo fiel y sin embargo convertir su trabajo en obras clásicas que son relevantes a pesar de la época en la que alguien tome la decisión de tenerle entre las manos.

En Grandes Esperanzas (siempre pensé que una mejor traducción sería Grandes Aspiraciones), Dickens retrata de modo fascinante las inquietudes, incomodidades e inconformidades de la infancia a las que no somos capaces de ponerles nombre, y la forma cómo nos moldean en nuestra juventud y adultez. A lo largo de la obra, el autor nos presenta un personaje principal afectado por las vicisitudes de su contexto, con un realismo doloroso plasma las ansias de grandeza que le llevan a rebajarse en las expresiones menos halagadoras de su personalidad, un personaje capaz de sentir rechazo y hasta repulsión por aquellos que le aman más por considerarles inferiores e inmerecederos de su conmiseración, pero también un personaje con una sorprendente capacidad de ser generoso y noble en los momentos más inesperados, y uno que vemos transformarse de a poco cuando la vida le enseña, tal y como a cada uno de nosotros, que hay cosas mucho más importantes que la apariencia y las riquezas.


Es esta capacidad del personaje de encarnar por momentos actitudes profundamente reprochables pero al mismo tiempo unas ansias con las que nos podemos identificar, lo que convierte el libro en un clásico, demostrando que el contexto es menos relevante, que la naturaleza del hombre es siempre la misma, y que más de un siglo después podemos cometer los mismos errores que cometían nuestros antepasados, haciendo entonces de la historia de Pip, una historia admonitoria acerca de lo cerca que podemos estar todos de perdernos en la persecución de un destello brillante cuando la vida y todo lo que necesitamos para vivirla está ya al alcance de nuestras manos.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Entre los sueños y la felicidad.


 En una interesante coincidencia, no conozco ninguna madre adolescente. La única de mis amigas que tiene un bebé, lo tuvo a los 25 años, las demás nos estamos quedando.

Así que siempre pensé en el fenómeno como algo muy removido de mi realidad y de los círculos en los que me muevo. Como una tragedia que arruina la vida de las mujeres, y trunca sus sueños y su vida para siempre.

Fue un poco un shock para mí la vez que hace más o menos cuatro años conocí una chica de menos de 20 que me dijo que tenía una hija de 5 años.

—Oh —dije. En retrospectiva me doy vergüenza a mí misma porque sé que tuve que haber hecho cara de funeral cuando escuché eso—. Eras muy joven cuando la tuviste, entonces...

—Sí, pero no es lo que piensas —se apresuró a decir ella—. No me embaracé por accidente. Mi novio y yo decidimos tener un bebé.







What.







No me acuerdo de qué cara hice pero estoy segura de que tuvo que ser una de estupefacción impresionante. Viendo la maternidad temprana como una tragedia de tal calibre, me era imposible entender que alguien pudiera someterse a aquello de modo voluntario.

Y sin embargo así parecía.



Cuando pregunté (incapaz de controlar mi curiosidad) por qué, me respondió que siempre había querido tener un hijo y que le parecía que tenía sentido dedicarse de lleno a cuidar a su bebé cuando ella misma era muy joven para dedicarse a muchas otras cosas, y que le alegraba poder enfocarse en sus estudios superiores y su crecimiento profesional ahora que su hija era mayor y no dependía tan enteramente de ella, que no quería esperar a haber realizado todos sus sueños antes de poder tener un hijo porque temía que el momento podría no llegar nunca, y que prefería compartir todos sus éxitos con una hija que cada vez sería mayor y más capaz de apreciarlos y disfrutarlos con ella.

Estoy segura de que mi cara de incomprensión no cambió mucho con esa declaración. 

Un rato después le pregunté quién cuidaba a su hija. Estábamos en una fiesta y ella estaba con su novio, el papá de la criatura.

—No, no tenemos que irnos, es que ahora mismo no podemos tener a la niña con nosotros por nuestros horarios de trabajo y universidad, entonces vive con mis papás.

Había algo en la forma en la que lo dijo que me hizo entender que a diferencia de haber sido madre a los 15 años, esto era algo que resentía profundamente, algo que no encajaba dentro de la forma como había planeado las cosas cuando pensó que estaba tomando la decisión adecuada.

Me avergüenza decir que en el momento, verla contrariada de ese modo me hizo sentir un poco de engreída satisfacción; por supuesto, una idea que contrariaba todo lo que yo creía debía ser una idea equivocada.



Han pasado ya varios años y tengo la bendición de haber aprendido al fin durante ellos que no hay un sólo camino correcto, y haber aprendido a sacar a mi ego a patadas para darle un poco más de espacio a la empatía y la compasión.

Nunca volví a ver a esa chica, la conversación la tuve en una fiesta a la que me llevó un tipo en la que se convirtió en la peor cita que he tenido en mi vida, así que por supuesto no volví a frecuentar a nadie que conocí en esa ocasión, pero durante todo este tiempo he pensado con variable frecuencia en esa conversación. Creo que no decidió tener un bebé, pero era demasiado pudorosa u orgullosa para admitirlo delante de una imprudente desconocida. O quizás realmente se decía aquello a sí misma para llevar mejor una realidad que no podía cambiar.


En los últimos meses, he estado obsesionada por trazarme un camino que sea claro y se dirija a una meta concreta, tener una vida con un propósito tangible de alcanzar cosas que quiero, que siento que me hacen falta para sentirme completa. Eso ha hecho que piense en esa conversación casi todos los días. Me pregunto, ultimadamente, qué sentido tiene tratar de definir la vida en términos deéxito, si se puede ser feliz cuando la vida se sale de los rieles. Quizás la única y verdadera medida para el éxito es la felicidad, y si la felicidad es una decisión como muchos dicen, entonces eso significa que está al alcance de la mano de todos, independientemente de las carencias.


Es una idea demasiado compleja para mí, porque no sé si quiero ser feliz en medio de la necesidad, no sé en qué momento eso se convierte en darse por vencido y acomodarse en la mediocridad. Quisiera pensar que la ambición e inconformidad son rasgos positivos, pero no sé en qué momento se convierten en una búsqueda por una felicidad que se vuelve abstracta e inalcanzable.

Supongo que como con todo en la vida, la felicidad debe encontrarse en el punto medio. Quizás de lo que se trata es de descubrir cómo luce el punto medio para cada uno. Decidir con qué cosas se puede vivir y ser feliz hasta el final de las consecuencias, y qué cosas no son negociables, y luchar por ellas hasta el fin de nuestras capacidades, y esperar lo mejor.

Siempre, siempre, esperar lo mejor.


jueves, 22 de febrero de 2018

La caja de comfort


Este domingo hice una de las cosas más atrevidas que he hecho en mi vida: me corté el cabello yo misma.

He hecho todo un rollo de ello, publicaciones en Twitter, le dije a todo el mundo, un evento total, y puede que eso les dé una idea equivocada, pero no se confundan: sé lo bobo que suena, porque ES CABELLO de lo que estamos hablando. Y el cabello crece de nuevo, y la mayoría de la gente normal no hace sino usarlo como un medio inofensivo para experimentar y explorar nuevas facetas de sí misma; se corta, se rapa, se tiñe, se trenza, es rasta, el cabello debe ser quizás la forma de auto expresión más sencilla y poco comprometedora que hay...

El tema es que yo no soy así, para mí es una pequeña gran victoria. Por un tiempo he tenido la sospecha de que debo tener algún tipo de desorden de ansiedad, y como consecuencia de eso o de lo que sea que me pase, soy la persona menos aventurera que conozco.

Mi nivel de ansiedad acerca del resultado incontrolable de las decisiones que tome es tal, que sólo tomo con relativa tranquilidad decisiones cuyos resultados puedo predecir como positivos, y la idea de tomar una decisión cuyo resultado es impredecible puede hacerme dejar de dormir por semanas enteras. Mi vida entera es lo que sucede sobre un lienzo de terror callado, mis decisiones enmarcadas siempre por ese sexto sentido que en mi caso no es la intuición sino un sentido de auto preservación híper desarrollado, cancerígeno.



Es extraño entenderme a mí misma, viviendo en una sociedad que define la juventud y la felicidad como la libertad y la capacidad para aventurarse y salir de la zona de confort, vivir al límite. No sé en qué me convierte eso, a mí que soy vocal en mi incomprensión de por qué alguien se sometería voluntariamente a cualquier tipo de incomodidad o incertidumbre, mientras veo a la gente a mi alrededor transformarse y reinventarse día a día a través de decisiones arriesgadas, irresponsables, impredecibles, educativas, incomparables.

—La idea de salir de la zona de comfort es muy extraña para mí —le confesé a mi amiga esta semana, después de que me dijera que se quiere ir a Asia a trabajar un año porque quiere conocer el mundo, y después de que esa idea pusiera en mi mente una lista de las mil y un formas en las que eso podía salir mal y su familia y los que la queremos podemos no volver a verla nunca—. Entiendo lo que hay del otro lado, todo el aprendizaje y la riqueza, y lo que quieres conseguir, pero para mí tan sólo la recompensa no vale todo el descomfort.

Ella asintió despreocupadamente, concediendo que cada cual encuentra la felicidad a su manera y no le dio más importancia al asunto.

Como a cada cosa, yo sí.

Estuve pensando en eso por bastante más tiempo del que alguien se pueda imaginar, y como siempre decidí que mi felicidad y la forma como vivo mi vida no tiene por qué parecerse a la que nadie o la sociedad quiera ponerme encima, pero ese argumento sólo sirve si de verdad estoy feliz con como llevo mi vida en cada pequeña forma, ¿lo estoy?

Quizás no tanto, es fácil decir que estoy cómoda dentro de mi zona de comfort, pero cuando me puse a pensar en ello a consciencia tuve que admitir que más que una zona de confort, por momentos me siento encerrada en una pequeña caja, que es incómoda, pero en la que me siento segura, y dentro de la cual sólo puedo imaginar lo que hay afuera, y confortarme con la idea de que debe ser peor que la tibia y acogedora caja. Pero ¿y si afuera está la vida que quiero?


—Eres extremadamente racional —me dijo mi terapeuta hace unas semanas, y aún no salgo de la sorpresa de que lo dijera como si fuera algo malo—. El problema con eso es que puede que llegues a negarte las cosas que más quieres sólo por evitar riesgos que a la larga pueden valer la pena.

Era una pregunta demasiado complicada para un domingo por la mañana y a pesar de admitir que quizás necesito dejar ir mi obsesión con el control, no creo que esté lista para echar mi vida por la borda y lanzarme a la aventura, no creo que salir de la zona de confort motivada únicamente por el terror a vivir en estancamiento sea una mejor mentalidad que vivir en la zona de comfort motivada por el temor al cambio.

Pensé entonces en todas las pequeñas formas en las que mi temor a la incertidumbre agobiaba mi vida aunque el peligro estuviera sólo en mi mente.

Me di cuenta de que estaba notoriamente infeliz respecto a mi cabello.

El cabello vino a colación porque hace días había tenido varias conversaciones con diferentes personas acerca del hecho de que mi cabello estaba siempre atado o recogido en un tomate sobre mi cabeza. No me gusta la forma como se ve naturalmente, pero había crecido a un punto en el que me era imposible mantenerlo como me gusta todos los días, y la idea de gastar dinero en ir a la peluquería me ha molestado terriblemente por años, así que en lugar de hacer algo al respecto, por meses había estado estancada en una siempre presente inconformidad respecto a mi apariencia física, ya saben, tal y como haría cualquier persona normal.

¿De dónde había salido tal grado de alarma frente a algo tan elemental? No tuve que pensarlo mucho. La realidad es que hubo un momento de mi vida en el que el cabello era un big deal, porque ir a la peluquería desde un principio o para que me arreglaran un desastre si me lo cortaba yo misma, era quedarme sin plata para la comida por una semana, así que mi mejor opción era dejarlo crecer sin control sin forma ni estética y sólo amarrarlo y esconderlo y soportarlo con todo el estoicismo del que fuera capaz.

Pero en algún momento esta decisión razonable de resignarme a algo que estaba fuera de mi control, se convirtió en una ansiedad irracional respecto a algo que estaba completamente en mis manos.

El miedo es algo a lo que no se le puede dar pie, porque se aferra y después es difícil de desterrar. Una sola experiencia traumática basta para formar una idea que requiere muchas experiencias positivas para ser borrada. Temo que mi caja de comfort está construida con angustias y precauciones que en algún momento tuvieron sentido pero que ahora han mutado en versiones monstruosas de sí mismas, alejadas de la realidad que vivo ahora. Quiero que el 2018 sea el año en el que desande muchos de esos pasos, en el que me enseñe a mí misma a no dejar que el miedo sea la respuesta automática, a descubrir mi intuición, y dejar de vivir dominada por el absurdo sentido de supervivencia hiper desarrollado e innecesario. 

Es un camino largo, y difícil, porque se siente como ir en contra de todo lo que es natural en mí, así que el domingo decidí comenzar con algo pequeño.

Me di cuenta de que en este momento de mi vida, pagar por cambiar mi apariencia no significa dejar de comer una semana, así que bien podía divertirme cambiando mi apariencia, bien podía incluso cortarme el cabello yo misma, algo que siempre me había generado curiosidad, porque en el peor de los casos no sería una tragedia irreparable con la que tendría que vivir, no iba a ser el fin del mundo.
No fue el fin del mundo.



Estoy empezando a pensar que quizás este va a ser el año de aprender que ni siquiera lo más doloroso, es el fin del mundo.


martes, 23 de enero de 2018

¿Debes dejar a tu pareja por tu perro?



 Soy de la opinión de que la respuesta es siempre: SÍ.

Ahora, antes de que me salten al cuello por ser una loca de los animales, déjenme que les aclare que no soy vegetariana, vegana ni nada que se le parezca, que mato a todo insecto y animal extraño que se adentra en mi casa sin remordimiento alguno, que siempre he querido una serpiente de mascota pero no dudaré en decapitarla con un cuchillo de cocina si está a punto de devorar a alguno de mis hijos, y que si surgiera un virus zombie que se transmite con la saliva de las mascotas, sería la primera en mandar a eutanazear a mi amada gata.

Sin embargo, también estoy en contra de cualquier noción de que los animales sean sólo seres inferiores y por lo tanto desechables, incapaces de emociones complejas y por ende no merecedores de compasión y trato ético, pienso que son seres especiales, que otorgan a nuestras vidas dimensiones nuevas que ninguna otra cosa puede darnos, y que como tal, es natural que al ocupar un espacio en nuestros hogares, no sean una pieza más de mobiliario, sino un integrante más de la familia.

Es siempre una situación compleja y dolorosa, entonces, cuando nos encontramos en la penosa decisión de elegir entre compartir nuestro hogar entre un peludo (o escamoso, o cualquier denominación que aplique al animal de compañía), y compartirlo con otra persona, y es casi seguro que ninguna solución nos dejará nunca satisfechos del todo. ¿Por qué, entonces, creo que debe quedarse con su mascota?

Hay dos escenarios en los que se puede ver enfrentado a esta decisión. O bien el animal vino primero, o bien la pareja. Opino que en los dos casos la respuesta es la misma, pero por razones distintas, me explico:


Puede que los perros o gatos no sean seres humanos y nunca serán un hijo, pero en todo lo que les compete, la responsabilidad es la misma; usted les provee alimento y hogar, cuida de su salud (aveces en contra de su voluntad), y es responsable por sus acciones, es apenas natural que tal responsabilidad se convierta en un amor muy parecido al que sienten los padres por sus hijos, y cualquier persona que le ame, debe ser capaz de comprender el importante lugar que un amigo peludo tiene en nuestra vida, y lo doloroso que debe ser para usted separarse de un compañero que esperaba tener por mucho más tiempo. Incluso si no puede comprender esto, una persona que le ame debe lograr empatizar lo suficiente como para abordar el tema de una forma en la que usted se sienta lo menos herida posible, tratar de encontrar un punto medio en el que el animal no tenga que abandonar su hogar, o en su defecto comprometerse con la causa de encontrarle un hogar en el que no le hará falta su amor, si definitivamente no puede vivir con el peludo por cualquier motivo. 

Si usted se siente tan angustiado e intranquilo ante la idea de dejar a su mascota, que está considerando dejar a su pareja, su pareja probablemente ha fallado seriamente en respetar sus emociones y su sentido de responsabilidad, y esta puede ser una señal de problemas más serios más adelante. Si no logran ponerse de acuerdo de un modo constructivo respecto al destino de un animal, trate de pensar lo desgarrador que puede ser un malentendido concerniente a un hijo, o una propiedad o inversión común. Quizás este traspiés no sea sino una señal que pueda evitarle atarse a alguien con quien el futuro no es prometedor.

El otro escenario es aquel en el que usted decide adoptar o comprar una mascota ya estando en una relación seria con otra persona, y por más que lo intenta, no logran ponerse de acuerdo al destino del animal, así que la decisión a tomar es la misma: el animal o la pareja. En este caso la respuesta es la misma, pero la razón es bastante distinta. En esta situación, es usted quien impone al otro en una situación con la que no puede vivir tranquilamente, premeditadamente yendo en contra de la voluntad de su pareja con la que tiene una relación estable. Es sencillo, realmente, si usted amase de verdad a su pareja nunca pensaría en incomodarle en su propio hogar de tal modo, y de hacerlo, sería fácil decidir simplemente revertir el procedimiento, y encontrarle al animal un mejor hogar donde reciba amor de todos los miembros de la familia. Pero si su encaprichamiento por un animal al que aún no ha tenido tiempo de conocer realmente y amar, le hace dudar de su relación que no es casual, entonces la dolorosa verdad es que usted simplemente no ama lo suficiente a su pareja, así que hágales un favor a los dos y ábrale la puerta a su pareja para que tenga la oportunidad de encontrar una relación que le satisfaga más y donde sea más apreciado mientras usted se acurruca con fido en el sofá.

Así que esas son las dos situaciones, y aunque el animal siempre gane no significa que quiera predicar alguna noción de que los animales valen más que las personas o algo así; por el contrario, lo fundamental son las emociones y el bienestad de las personas, y una incongruencia como esta, que no se soluciona con compromiso sino que escala hasta este punto, es indicación clara de que la relación no está en una buena situación y que lo mejor para ambas partes puede ser que decidan irse cada uno por su camino.

Lo bueno, es que en cualquier caso, siempre es más fácil superar una ruptura con un animalito que nos despierte en la madrugada con una nariz húmeda y fría en el cuello.